Black Mirror, tecnología fuera de control

El nuevo mundo puede comenzar hoy, en unas horas o mañana sin ir más lejos. La serie británica Black Mirror no se sitúa en un tiempo determinado pero sospechamos que es un futuro próximo. Tampoco posee un hilo conductor que nos lleve a la continuidad de capítulo a capítulo. Es una miniserie con dos temporadas hasta el momento con tres episodios cada uno sin correlato argumental.

Seguramente su punto de contacto sea de qué manera las nuevas tecnologías de la comunicación influyen en los vínculos entre las personas.
A pesar de que la tecnología avance con hasta incluso dispositivos que borran recuerdos, con la posibilidad de hablar con un ser querido fallecido, etc., los sentimientos de los seres humanos son los mismos desde hace siglos. El manejo del poder, la necesidad de la fama, los celos, el engaño, la depresión, el éxito o la condena social. Todas estas cuestiones son planteadas en Black Mirror pero siempre con la tecnología como eje. Es una propuesta diferente a las series que venimos comentando en el blog.
El primer episodio de la primera temporada impacta por su crudeza. Una sobrina muy querida de la realeza británica ha sido secuestrada y difunde un video por Youtube donde plantea las especificaciones del rescate: sólo será liberada cuando el primer ministro tenga sexo con un chancho en vivo por la televisión pública. El video se distribuye por la red en segundos y miles de personas en el mundo entero comienzan a opinar acerca de qué debería hacer el primer ministro para liberar a la princesita secuestrada.

Los episodios se suceden, aunque con distinta temática, planteando situaciones extremas en las que los espectadores (porque en todos los capítulos siempre hay espectadores de los hechos narrados) como los televidentes “reales”, se convierten en partícipes necesarios del relato. El que decide mirar o consumir imágenes o videos no es un mero espectador, no es pasivo, forma parte del resultado de esas situaciones.

Black Mirror propone una ciencia ficción que al verla la sentimos muy cercana y casi nada ficcionada. Es un futuro que plantea que el éxito viene de la mano de los realities, que el poder sigue marcado por la ambición desmedida y que las traiciones están a la orden del día.
La serie es una genialidad por donde se la mire. Sorprende. Rompe estructuras argumentativas. Es muy británica, pero seguramente podría adaptarse a cualquier lugar del mundo. Charlie Brooker, creador de esta obra, plantea muchos interrogantes, ¿Este futuro es el que merecemos? ¿Se usa correctamente la tecnología? ¿Acaso las personas no sentimos lo mismo desde el origen de la humanidad (amor, odio, melancolía, celos, envidia, codicia, etc.)?
Brooker nos invita a reflexionar , no se pone en una actitud crítica ni apocalíptica sobre que la tecnología es nociva y debe ser aniquilada sino que nos señala qué queremos hacer con todo eso. Qué valores queremos rescatar, a pesar de que el mundo tech nos aplaste la cabeza. Como afirman en el segundo capítulo de la primera temporada, “la autenticidad es un bien escaso”.

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